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Diego Trelles Paz
Diego Trelles PazEs licenciado en Cine y Periodismo por la Universidad de Lima y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Texas. Ha ejercido la crítica musical y cinematográfi­ca en distintos medios peruanos, y ha sido profesor de literatura, cine, comunicaciones y estética en la Binghamton University (Nueva York), la Pontificia Uni­versidad Católica del Perú y la Universidad de Lima. Ha publicado los libros de cuentos Hudson el reden­tor (2001) y Adormecer a los felices (2015), el ensayo Detectives perdidos en la ciudad oscura. Novela poli­cial alternativa en Latinoamérica. De Borges a Bolaño (Premio Nacional de Ensayo Copé 2016) y las novelas El círculo de los escritores asesinos (2005) y Bioy (2012; Premio Francisco Casavella de Novela y finalis­ta del Premio Rómulo Gallegos 2013), todas ellas obras muy celebradas por la crítica: «A la cabeza de su generación» (Álvaro Colomer, Qué Leer); «Trelles Paz domina los registros con enorme flexibilidad, garan­tizando con ello una absoluta verosimilitud de lo na­rrado» (J. Ernesto Ayala-Dip, El País); «Una de las voces más poderosas de la actual narrativa hispana. La crítica ya compara al escritor con Bolaño, Vargas Llosa o McCarthy» (Matías Néspolo, El Mundo); «Tre­lles Paz es un autor de primera línea» (Nadal Suau); «Es tan limpio en su crudeza que logra hermosura. Ha llevado la mirada de Vargas Llosa en La ciudad y los perros a un lugar aún más radical» (Gabi Martínez); «Por fin, un heredero de Bolaño decididamente salva­je» (Gonzalo Torné). Sus obras se han traducido al francés, inglés, italiano y húngaro. Actualmente reside en París.

20 AÑOS DE LA LIBRERÍA ALBATROS EN GINEBRA

Por: Diego Trelles paz

Eso de levantarse y cada día toparse con una noticia que hunde cada vez más a tu país, no solo es agotador sino que devasta mucho y deprime.

Pero estos días de desintoxicación política son también de aprendizaje. Descubrir (o, más bien, confirmar) que hay muchos compatriotas que podrían darnos noticias felices y que, en su trabajo heroico y silencioso, te conmueven y te inspiran porque renuevan esa fe que, sentías, se iba perdiendo irremediablemente.

Conozco a Rodrigo Diaz Pino hace algunos años. Me invitó en 2015 a presentar BIOY a su preciosa librería Albatros en Ginebra. Ayer, gracias a él, volví. Hablaré más adelante de la maravillosa noche que pasamos ayer en la presentación de LA PROCESIÓN INFINITA, hoy me urge hablar de él.

Es imposible resumir la enorme cantidad de escritores y artistas diversos que Rodrigo ha llevado a Albatros. Es una lista tan alucinante que incluye desde Paco Ignacio Taibo II hasta Roberto Bolaño y una gran cantidad de autores peruanos desde Américo Ferrari hasta Mariela Dreyfus.

Rodrigo lleva haciendo esto desde hace 20 años. Si sobrevive una librería de literatura en habla hispana en Ginebra, es gracias a él y a su esposa.
Rodrigo tiene un amor genuino e inspirador por la literatura. Siempre pone el hombro y está ayudando a los autores, ya no solo con los eventos, también con una editorial que permite que se lean fuera del país. Consagrados (Fernando Ampuero, Américo Ferrari, José Luis Torres Vitolas, Fernando Iwasaki) y no tanto, han publicado con Albatros y hasta han sido traducidos al francés.
Y estas cosas el mismo Rodrigo te las cuenta con una humildad tan genuina que te desarma. Como si fuera poco. Entre bromas, con el gran grupo de gente de todos los países que se congrega espontáneamente en Albatros para hablar de libros y de literatura y también del Perú que uno extraña, pese a las noticias aciagas que nos llegan diariamente.

Me regreso a París con dos libros de Albatros. Me fui hasta regalado. Son dos autores peruanos. Se trata de ZARABANDA de Gina Ángeles Laplace, escritora de Huaraz, y de EL CANTO DEL RUISEÑOR. EL RETORNO DE ÑAWPA MACHU de Nilo Tomaylla, reconocido escritor de Apurímac que editó esta novela por primera vez en 1995 con Mosca Azul de Abelardo Oquendo y Mirko Lauer. Nilo (en la foto) tuvo la generosidad de ir a verme y de dedicarme su novela.
Si pasan por Ginebra, no dejen de visitar Albatros.

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Leonardo Valencia

Leonardo ValenciaNació en Guayaquil, Ecuador, en 1969. Es Doctor en Teoría de la literatura por la Universidad Autónoma de Barcelona y Master en Edición por Publish/ Oxford Brooke University. Ha publicado el libro de cuentos progresivo La luna nómada (1995) por el que ha sido incluido en varias antologías. Se da a conocer como novelista con El desterrado (2000). Su segunda novela, El libro flotante de Caytran Dölphin (2006) desarrolla en paralelo un innovador experimento narrativo en internet, www.libroflotante.net, realizado en colaboración con el artista digital Eugenio Tisselli. Con el crítico Wilfrido Corral publicó la antología Cuentistas hispanoamericanos de entresiglo (McGraw Hill, 2005). En 2008 publicó el libro de ensayo El síndrome de Falcón y la novela Kazbek, editada en España por Funambulista y en Argentina por Eterna Cadencia. Su libro más reciente es el ensayo Soles de Mussfeldt. Viaje al círculo de fuego (2014) donde hace un recorrido por la obra del artista alemán Peter Mussfeldt radicado en Ecuador desde los años sesenta. Es columnista editorial del diario El Universo de Ecuador y colabora en varios medios de prensa de España y América Latina. Fue seleccionado para el Hay Festival de Bogotá 39 como uno de los 39 autores más destacados de la actual literatura latinoamericana. Creó y dirigió el Programa de Escritura Creativa de la Universidad Autónoma de Barcelona entre 2005 y 2009, y en la actualidad dirige el Laboratorio de Escritura.

 

Puentes silenciosos entre culturas

LEONARDO VALENCIA

Una de las virtudes de la lengua francesa, y de sus casas editoriales, sea que estén en París, Besanzón, Arlés, Ginebra o Lausana, es que han sido durante siglos, y no menos ahora, los difusores de culturas y literaturas que no cumplen el peaje comercial de los productos globales.

La diferencia entre el chauvinismo y la conciencia crítica a partir de la difusión de lo propio es tan abismal como la que hay entre un mercantilismo frívolo y derrotado frente a la auténtica creación cultural que exige esfuerzo e imaginación.

Muchas casas editoriales de lengua francesa publicaron incluso en español (en Besanzón estaba la editorial Jacquin en la que el ecuatoriano Juan Montalvo publicó sus Siete tratados y los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes). Gracias a la lengua francesa hoy es posible acceder a obras de autores rusos, polacos, húngaros, checos, por no decir de los autores africanos y árabes o de Oriente. Editoriales históricas como Gallimard o como la suiza L’Age del Homme, fundada en Lausana por Vladimir Dimitrijević, han dado a conocer a autores de circuitos reducidos que siempre reservan sorpresas a los lectores curiosos.

París o Ginebra también han sido lugares de refugio de las figuras más dispares posibles. Me detengo un poco en Ginebra. Nabokov vivió algunos años en Montreux, Thomas Mann en Zúrich (donde está enterrado James Joyce); Dostoievski, Conrad o Robert Musil vivieron en Ginebra, por no dejar de mencionar una vez más a Borges que tanto amó a esta ciudad junto al lago Lemán, o a María Zambrano, que se terminó refugiando en los bosques cercanos al Jura suizo. Y un poco más atrás en el tiempo habría que recordar a Mary Shelley escribiendo Frankenstein entre la Villa Diodati y el balneario de Nernier. Para percibir ese mundo migrante en Ginebra sigue siendo recomendable leer la novela de Conrad, Bajo la mirada de Occidente, que, de paso, servirá al lector para entender parte del furor de los anarquistas rusos a comienzos del siglo XX. Pero quizá lo más enigmático sobre Suiza lo escribió el escritor francés Raymond Abellio en su gran novela La fosa de Babel: “Este centro inmóvil de la agitación occidental es el lugar de su más alta tensión, el mar de los Sargazos hacia la cual Europa deriva todo aquello que no puede soportar, todo lo que aún no puede soportar de sí misma”.

Más allá de estos referentes históricos, quisiera ahora hablar sobre dos grandes difusores de la cultura literaria en Suiza, cada uno en su respectiva dimensión. Uno de ellos es la Fundación Jan Michalski. Inaugurada en 2004 por Vera Michalski-Hoffmann en homenaje a su marido Jan Michalski, editor de origen polaco, esta Fundación es una entidad dirigida al apoyo a la escritura y la literatura. Su sede en Montricher, a las afueras de Lausana, es una construcción monumental que comprende una biblioteca de cinco pisos con 80.000 libros de distintos idiomas y culturas –se puede consultar su catálogo por internet– e incluye una sección de literatura ecuatoriana. Cuenta con una gran sala de exposiciones –ahora mismo se expone la obra pictórica, gráfica y editorial de Antonio Saura– y se estrenarán en los próximos meses las “cabañas suspendidas”, pequeños estudios reservados para residencia de escritores de todo el mundo. Vera Michalski-Hoffmann dirige además el grupo editorial Libella, donde promocionan a autores del Este europeo, y adquirió la famosa Librería Polaca de París. Uno de los propósitos de su marido fue precisamente colaborar con la integración de la literatura polaca en Europa. La Fundación incluso ha auspiciado proyectos como el de la revista literaria digital ecuatoriana Alkmene.

El otro difusor de literaturas extranjeras en Suiza es un librero que vive en Ginebra y que lleva la librería Albatros los últimos veinte años. En su local ubicado cerca de Plain-Palais, Rodrigo Díaz es lo que se podría llamar un librero apasionado. No es tarea fácil en la costosa Ginebra. Para cubrir los gastos de su local ginebrino, Rodrigo trabaja tiempo parcial, durante la noche, en la Ópera de Ginebra. La librería es su pasión. Cuando viaja a su Perú natal, trae en sus maletas las últimas novedades de pequeñas editoriales limeñas, por no mencionar lo que consigue contra viento y marea de otras editoriales de América Latina y de España. Visitar su librería Albatros es ponerse al día en lo que se publica en lengua española. Por si fuera poco, creó hace unos años un sello editorial con más de veinte títulos publicados, por el que ha difundido autores latinoamericanos en ediciones bilingües.

Con dos perfiles completamente diferentes, sea como una entidad con grandes recursos, como la Fundación Jan Michalski, o como un librero apasionado por su oficio y a título individual, en el caso de Rodrigo Díaz, ambos son la muestra de verdaderos puentes para culturas de otros países. Y no es cuestión de tener una voluntad nacionalista o paternalista hacia la creación literaria de un país. La diferencia entre el chauvinismo y la conciencia crítica a partir de la difusión de lo propio es tan abismal como la que hay entre un mercantilismo frívolo y derrotado frente a la auténtica creación cultural que exige esfuerzo e imaginación. El objetivo es apoyar con una visión rigurosa y con criterios de calidad a la difusión de obras alternativas frente a un mundo donde prima cada vez más un mercantilismo banal y frívolo que hace un buen tiempo busca copar también los espacios de la literatura y el arte. Estos puentes humanos entre culturas son ejemplos admirables, que merecen reconocimiento, por el esfuerzo diario que ponen en llevar de un sitio a otro libros de distintos países. Por supuesto, luego vendrá la crítica y se discutirán logros o fallos en las obras, pero para llegar a eso hay que cumplir con el esfuerzo de dar a conocer aquello que no cuenta con los mecanismos de apoyo de los grandes grupos mercantiles. La palabra suena grande pero es cierta: estos son los verdaderos héroes silenciosos que se resisten a la derrota de la cultura frente al mercado.(O)

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Marina Perezagua

Marina PerezaguaMarina Perezagua nació en Sevilla, España, en 1978. Se licenció en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Después marchó a Estados Unidos con una beca de doctorado en filología hispánica, e impartió clases de lengua, literatura, historia y cine hispanoamericanos en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook y es profesora en el Máster de Escritura Creativa en Español de la New York University.

Librería Albatros
(Ha pasado un ángel)

Para y por Alejandra Toro

Por la noche sueño con ángeles que me susurran al oído. Me despierto y ya no puedo recordar lo que me han dicho. Sólo recuerdo unas imágenes, señales de tráfico vacías, triángulos rojos sin contenido. Son como esas señales que advierten al conductor en la carretera sobre el peligro de un animal. Esos triángulos despertaron siempre mi imaginación, mis expectativas de encontrar un ciervo. Un toro.

Llegará la noche esta noche y soñaré con ángeles y querré otra vez mañana recordar lo que me han dicho. Pero al despertar sólo rescato esos triángulos en la cabeza, y en la cama pienso cuánto me gustaba quedarme dormida en el asiento de atrás del coche, con la ilusión de que, quizá, mi padre me despertara gritando: “Mira, mira, ¡un zorro!”.

Pero cada vez que despertaba era, ya, demasiado tarde. No importa que abriera los ojos hacia la carretera cuando mi padre no había aún terminado su frase. Era –siempre– demasiado tarde. El animal acababa – siempre– de pasar. Con los años supe que nunca despertaba a tiempo porque nada pasaba nunca. Nada. Parecido al silencio que se abre en un grupo de personas que se han callado repentinamente. “Ha pasado un ángel”, dicen. Y para conformarme, eso solía pensar, que cuando no pasaba nada, pasaba un ángel.

Pero no era suficiente. Quería ver animales. Únicamente la voz de mi padre mantenía viva la esperanza, y es que hacía años que, de aquellas vidas, sólo quedaban sus siluetas negras dentro del triángulo rojo. Por eso, cuando crecí y conocí a Alejandra y me propuso recorrer aquellas montañas no por tierra, sino por aire, me pareció que me haría bien cambiar de elemento, dejar abajo aquellas señales, reliquias de vida que ya no tenían ningún sentido, mas que el de la perversidad, pues encerraban en sus dibujos un peligro mucho mayor que un ciervo o un oso que se cruza: su ausencia.

Ir atropellando ausencias con el coche me parecía el acto más cruel. Ese lagarto invisible bajo la rueda que deja un charco de sangre en el asfalto. A veces el coche perdía aceite y con un dedo lo tocaba, negro, espeso. Qué sucia es la sangre de los animales invisibles.

Veía a Alejandra tan bonita en su parapente, unida por un arnés a un hombre que tenía un rasgo similar a aquel al que yo iba unida: esa mirada no al infinito, sino al vacío. Una mirada que en el aire, aunque me mirara a los ojos, me atravesaba como si yo fuera una región transparente más. Aquel fue mi primer salto. Claude, se llamaba mi hombre pájaro.

No hubo preparación. Después de que el que sería mi otra mitad en el vuelo me aseguró a su cuerpo, todo ocurrió muy rápido, y sólo escuché que me decía “ahora corre. Corre, corre”, y yo corrí pendiente abajo confiando en mi mitad desconocida, hasta que mis pies dejaron el suelo, y qué poco cuesta abandonar la gravedad. La gravedad de todo. De la tierra, de las voces, del miedo. Vi los árboles desde arriba. Livianos. Verdes, altos. Y luego el pico de la montaña desde donde habíamos saltado. Y después el pico de dos montañas.

Mi mitad me preguntó cómo estaba, pero no pude responder, porque sentí que me hablaba en un idioma libre y tenía yo que encontrar la manera de hablar en el aire, de comunicarme con él más allá de la farsa del lenguaje, que ningún cielo entiende. E imaginé una señal roja y triangular con un diccionario dentro. El peligro de la palabra que ya no dice nada.

Con movimientos de cabeza le indicaba que estaba bien, y quizá también con la mirada, que volvía hacia él en señal de gratitud. Él me explicaba en esa nueva lengua que en el aire la ausencia absoluta tiene significado. Lo que yo imaginaba, pensé: cuando no pasa nada, pasa un ángel. La ausencia. La ausencia en el aire tiene significado, insistía él. Hay agujeros azules que hay que evitar a toda costa, para no caer. Cierto que la ley de la gravedad siempre prevalecerá, pero hay que posponer su llamada. Entendí todo sin que me hablara, y entendí por qué no recordaba lo que me decían los ángeles que soñaba. No se puede poner en palabras lo que es posterior al diccionario.

De vez en cuando nos cruzábamos con Alejandra unida a su pájaro. Y pensé en el albatros. El albatros, que en mi cabeza era dos cosas. Un ave de gran envergadura y el nombre de la librería que iba a visitar aquella misma tarde. Albatros: sus alas extendidas miden de tres a cuatro metros. Albatros: estanterías, libros. Y volví a pensar en un triángulo rojo. Y dentro, todos los libros escritos. Ahí veía el peligro. Tantos libros y ningún ciervo, ningún lobo, ningún erizo, es muy peligroso. No quería bajar de allí. Dejamos las montañas y volamos sobre el enorme lago, tan grande que también desde la altura es inabarcable como un océano.

Los albatros se alimentan de peces, calamares y krill. Descendimos ha

sta el nivel del agua, sólo lo justo para tocarla con los pies. Cierto. Esto no es verdad. Lo he inventado. No se puede volar en parapente a nivel del mar. Pero tampoco son ya verdad los camaleones y la gente escribe sobre ellos. Al tocar el agua, con los pies saqué un calamar de agua dulce. No existen los calamares de agua dulce. Ya lo sé. Pero tampoco existen ya los rinocerontes, y uno sigue nombrándolos. Es culpa del diccionario, que nunca está actualizado.

También, los albatros cuentan con un sistema innato de predicción del tiempo. El cielo se nublaba y yo me giré un poco para mirar a Claude. Quería ver si había algo en sus ojos que indicara que estaba leyendo el viento. No noté nada. Pero sí se expandían las aletas de la nariz y torcía levemente la cabeza como cuando un perro oye un aullido. Acostumbrada a leer con los ojos había buscado en los ojos de Claude, y me había equivocado, porque es el uso lo que hace al órgano, y él veía más con el olfato que con la vista.

Vi bajar a Alejandra. Tocar el suelo como yo había fantaseado que podría tocar el agua. Luego aterrizamos nosotros. De nuevo la gravedad. Qué pesada. La gravedad de las ruedas que nos sujetaban a la carretera en el camión que nos llevaba a la librería. Otra vez el coche atropellando ausencias. Otra vez yo misma fantaseando con vidas extintas. Llegamos a la librería. Albatros. Soy bien recibida. Llegan los amigos de Alejandra. Me presentan a Raúl. A Rodrigo. A Hortensia. A Horacio. Cada uno con un libro en la mano. Como la mayoría, tienen impresas letras negras sobre fondo blanco. Fijo la mirada en una página, y veo que todas las hojas, las cubiertas, comienzan a cubrirse con una especie de musgo, pasto verde minúsculo. Son libros florecidos. Entonces los animales que antes conocía sólo por imágenes, comienzan a entrar en la librería. Huele diferente. Ningún olor que pueda identificar. Debe de venir de ellos. Claro, nunca había pensado en el olor. Mordisquean los libros como si ojearan deshojando las hojas. Lenguas de cabras, picos de tortugas, lenguas de lobos. Rumian para leer la historia de una hierba. Nadie habla. También las personas pastan. El albatros es un pájaro. Pero no sólo. Albatros es el nombre de una librería de libros, dueño, lectores que bombean el latido de lo que encierra una señal de peligro. Rompen el triángulo y se enfrentan, arriesgan, cuidan su contenido. Deshacen el papel en la boca. Yo también mastico una hoja. Ahora recuerdo lo que me susurraban los ángeles en su idioma. Es hermoso. Lo recuerdo perfectamente. Pero no conozco las letras para poder repetirlo. Me quedo en silencio. En Albatros, siempre, está pasando un ángel.

Marina Perezagua

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J.J. Armas Marcelo

J J Armas MarceloNovelista, ensayista y periodista español. Es también colaborador habitual en diarios y revistas.
Publicó sus primeros cuadernos literarios Monólogos y Scherzos pour Nathalie en "Inventarios Provisionales" -colección editada en Las Palmas a cargo del poeta Eugenio Padorno- entre 1970 y 1972. Su primera novela, El camaleón sobre la alfombra (1974), obtuvo el Premio Pérez Galdós de Novela en 1975. En esta novela, los personajes giran en torno al alcohol, la droga y la utopía, en un mundo triste y poco atractivo. En 1976 apareció su segunda novela, Estado de coma, y en 1978 la tercera, Calima. En Las naves quemadas (1982) y en El árbol del bien y del mal (1985) describe el universo de Salbago, ciudad imaginaria y mítica. En 1989 publicó Los dioses de sí mismos, que obtuvo el Premio Internacional de Novela Plaza y Janés. Otros títulos del autor son: Cuando éramos los mejores, Los años que fuimos Marilyn, Así en La Habana como en el cielo y Madrid, distrito federal y La noche que Bolívar traicionó a Miranda.

Asimismo, es autor de los ensayos Propuesta para una literatura mestiza; Tirios, troyanos y contemporáneos, una selección de sus artículos y ensayos literarios; El otro archipiélago, documento histórico sobre la diáspora insular canaria en América, y Vargas Llosa. El vicio de escribir, un profundo estudio biográfico, político y literario sobre el escritor peruano.

En marzo de 2012 recibe la Medalla de Oro de la ciudad blanca de Arequipa (Perú) y el 9 de abril, fue nombrado miembro académico de la Real Academia Hispanoamericana de las Ciencias, Artes, y Letras, con sede en Cádiz y dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación.

Dirige la Cátedra Vargas Llosa de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

J.J. ARMAS MARCELO DE SU BLOG "Gran angular" 4 de enero 2014

El héroe de la Albatros

En el número 6 de la Rue Charles Humbert, en el barrio ginebrino de Plainpalais, se encuentra ubicada la pequeña Librería Albatros. Está regentada por un héroe discreto, de poco más de cuarenta años, que le compró a sus entonces propietarios chilenos la librería en la que trabajaba por horas y de la que ahora se siente orgullosamente dueño y señor. Se llama Rodrigo Díaz y, para colmo, es peruano de Lima. Rodrigo Díaz es un caso de integración completa (no confundir con asimilación…). Viajó de Lima a Rusia, lo llevaron a Siberia a trabajar, ahí trancó una bronconeumonía brutal al salir a la intemperie de -30º de temperatura. Se curó a duras penas en un hospital, con inyecciones de penicilina, grandes tragos de vodka y clandestinos tachos de marihuana. “Pude matarme, pero todo eso me hizo más fuerte”, me dice muerto de risa en el Central Perk, un antro fantástico, parisino, situado a media cuadra de su Albatros, la librería cuyo nombre es un guiño secreto al aventurero y escritor Conrad. Además, publica (edita) libros con ese sello, Albatros, y se siente orgulloso de tener muchos amigos escritores, sobre todo de América Latina, hasta el punto de que todo el que pasa por Europa recala unos días en Albatros a hablar de sus libros, del mundo, pero sobre todo a gozar de la simpatía y la amistad del anfitrión, un gran lector que lo sabe todo, y más allá, de la literatura latinoamericana contemporánea. Esa humilde librería es un bastión intelectual que se levanta en medio de un universo al que sólo le interesa el espectáculo más lamentable de las televisiones y las comedias de barrio. De modo que no dudo en otorgarle a Rodrigo Díaz la categoría de paladín resistente, una suerte de partisano de los libros en un territorio y un tiempo hostiles al objeto sacral que forma parte esencial de nuestras pasiones vitales. Me pregunta, bastante preocupado, por el libro electrónico y el libro en papel. Le digo que a mi parecer el libro electrónico es una moda de unos años; que no es el ordenador y otros apoyos tecnológicos, sino un negocio añadido que dará durante algunos años preocupaciones a los editores y escritores y que será, a lo largo de esos mismos años, un tal vez pingüe negocio para sus fabricantes. De manera que no tengo, le dije, temor por la desaparición del libro impreso en papel a manos del tecnológico, entre otras cosas porque el tecnológico no tiene ámbito sacral alguno, no hace más lectores ni más libreros, ni más impresores, ni más bibliotecas. No crea adicción, como el libro, y no se convierte en necesidad. Además, carece se la sensualidad del papel, de la tinta, de la estética personal del libro, del juego de manías individuales que rodea a un simple ejemplar de un libro cualquiera frente a la edición completa de ese mismo libro. Si en todas las ciudades del mundo, como ahora en Ginebra, me encontrara yo con un héroe resistente como tú, le dije a Rodrigo Díaz, sabría de antemano que el libro impreso no corre peligro alguno. Se le llenan los ojos de ilusión, le brillan, aplaude, le gusta al héroe discreto lo que le digo. Un secreto más: me asombró, en principio, el horario aparentemente arbitrario de la librería. Un día abría por la mañana, otro por la tarde, un día a unas horas determinadas que no coincidían con las horas de los otros días. Hasta que me enteré de todo por boca del propio Díaz: “Es que trabajo de acomodador en el Victoria Hall, aquí al lado, para mantener la librería abierta el resto del tiempo”, me dijo. De forma que así se ha convertido también en un experto melómano que se conoce de memoria todas las óperas del mundo. En Albatros no estamos sólo en una librería, sino que nos sentimos tan bien que parece que estamos en una biblioteca personal, que también es, en cierto sentido, nuestra. Me senté toda una tarde entera en el banco de madera de la Librería Albatros a hablar de literatura y de libros con Rodrigo Díaz y la profesora Hortensia Cid, mi hada madrina, junto al propio Rodrigo, por las calles y los monumentos de Ginebra. Fue una tarde espléndida, llena de juegos de palabras y de intercambio de conocimiento de autores y libros. Una tarde tan satisfactoria que pienso volver a repetirla cuanto antes, en Ginebra, en el bastión intelectual de Albatros, en Plainpalais, en la misma ciudad, con la misma gente, rodeado de libros de todos los colores. Ya lo saben ustedes, el hombre es libre, la mujer es libre, ¡y viva la Librería Albatros!

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Raúl Tola

Raul TolaNació en Lima en 1975. Estudió Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Desde 1992 ejerce el periodismo en medios escritos y en 1999 ingresó en la televisión, donde ha conducido noticieros y programas de opinión y entrevistas. Mantiene una columna de opinión semanal en el diario "La República" y es corresponsal del diario "El País" de España. En 1999 publicó su primera novela, Noche de cuervos, que fue adaptada al cine. La siguieron Heridas privadas (2002) y el libro de relatos Toque de Queda (2008). En 2013 publicó Flores amarillas, su tercera novela.

El héroe discreto

Raúl Tola
Sabado, 21 de septiembre de 2013

Ginebra es una ciudad pequeñita y muy ordenada, que se ubica en la frontera de Suiza con Francia. Dicen que quienes viven aquí disfrutan de la mejor calidad de vida del mundo, y lo creo. Basta pasear un poco para comprender lo cerca que está del ideal de la perfección, con su paisaje dominado por la larga extensión de aguas claras que es el lago Lemán −sobre el que sobrevuela el altísimo chorro del Jet d’Eau−, sus restaurantes, brasseriès y cafeterías íntimas, y sus calles impecables que se estrechan y serpentean en La Vielle Ville, el casco antiguo. No debe ser casualidad que Jorge Luis Borges viviera tan prendado de ella, y que la escogiera para pasar sus últimos días y ser enterrado en el cementerio de Plainpalais, cerca del estricto padre de la reforma protestante Juan Calvino.
Ginebra también es escenario de una epopeya discreta y emocionante, protagonizada por un peruano que llegó hace veinte años por pura casualidad, con una mano adelante y otra atrás, y con el tiempo terminó por convertirse en uno de los pulmones de su vida cultural. Se llama Rodrigo Díaz Pino, y es dueño de «Albatros», la librería en español más emblemática de la ciudad. Habla con un castellano cantarín, entusiasta y lleno de diminutivos, y cuando se le pregunta por su historia, los ojos le brillan.
Rodrigo llegó a Suiza en 1989. Venía de Rusia, donde había estudiado cuatro años de medicina, gracias a una beca. «Albatros» ya existía, sus dueños eran un grupo de exiliados chilenos que la subvencionaban con otro negocio, una agencia de viajes. «Yo venía como ilegal, hermanito. Para ganarme la vida tenía muchos cachuelos, y uno de esos era limpiar la librería».
Cuando a la agencia de viajes empezó a irle mal, los primeros dueños decidieron deshacerse de «Albatros» y volver a Chile. Por entonces Rodrigo ya había conseguido los papeles y estudiaba en la universidad, Letras y francés. «Me ofrecieron la librería, y aunque me interesaba, yo no tenía dónde caerme muerto. Toqué las puertas de varios bancos, pero nadie me hizo caso: pedían propiedades, garantías, ¿de dónde las iba a sacar? Felizmente un amigo me habló de la Banca Alternativa, una institución que hace préstamos para proyectos culturales. De la Suiza alemana vino un funcionario que me entrevistó, y le gustó la idea. Y así me hice librero, pues hermanito».
Al comienzo el negocio no caminaba mal, gracias a la venta de cursos de idiomas para hispanohablantes. Las cosas se pusieron difíciles cuando las demás librerías también entraron en ese rubro, y ese importante ingreso bajó a la mitad. Ahora Rodrigo balancea el presupuesto con parte del sueldo que percibe en su otro trabajo, como acomodador en un teatro. El resto del tiempo lo pasa en casa, con su familia.
Desde un principio empezó a organizar un sinnúmero de eventos y a transformar «Albatros» en lo que ha llegado a ser, un activo centro cultural, además de una librería completísima y hasta una editorial, con títulos que suelen faltar en otros lados, pero que a su dueño, lector voraz y enterado, no se le escapan. Para dictar charlas, talleres, seminarios y presentar libros, invitados por él han venido y siguen viniendo escritores como Santiago Roncagliolo, Fernando Iwasaki y Jorge Eduardo Benavides. Como dice Rodrigo: «Qué nivelazo, ¿verdad mi hermano?».

Raúl Tola (Lima, 19 de noviembre de 1975) es un periodista y escritor peruano. Bachiller en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú, ejerce el periodismo desde 1993, año en que ingresó a la revista "Sí". Posteriormente colaboró en diversos medios escritos, como el diario "El Sol", la revista "Quehacer" y la revista "Caretas".
Ingresó a la televisión en 1999, en Canal N, donde trabajó hasta el 2003, conduciendo noticieros, programas de debate y haciendo entrevistas.
En el 2003, ingresó a América Televisión, para la conducción de América Noticias: Edición Central. Al siguiente año asumió la conducción del programa dominical Cuarto Poder, del que renunció en diciembre del 2011.
En 1999 publicó Noche de cuervos, novela que fue llevada al cine bajo el nombre de Bala Perdida. En el 2002, publicó su segundo libro: Heridas Privadas. Ambientado en los años de la violencia política que arrasó el Perú, Toque de queda, su tercer libro, se publicó en el 2008.

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Carlos Andrade

Escritor español. Nació el 23 de mayo de 1957 en la aldea Artes (Carballo) , La Coruña.

Carlos AndradeLibrería Albatros, un correccional literario en Ginebra
Carlos Salem afirmó algo así como que Rodrigo Díaz, propietario de la original librería Albatros, en Ginebra, era un traficante de autores.  No le faltaba razón al pirata. Ya son varias las decenas de autores españoles y latinoamericanos con los que ha traficado a lo largo de estos años. Como editor ha publicado, entre otras, una recopilación de los mejores cuentos de Fernando Ampuero.  Si afirmo que algunos de esos cuentos pueden estar entre los mejores del siglo XX, alguien puede pensar que es una exageración.  Está en su derecho. Si piensa así, me gustaría que leyese “El vendedor de borrachos”.

Cuando volé a Lima para asistir al Festival Eñe, Jorge E. Benavides me pidió, cuestión de exceso de equipaje,  que hiciese el favor de llevarle algunos ejemplares de los cuentos de Ampuero publicados por Albatros. La verdad es que el favor me lo hacía él a mí, ya que me permitió releer los cuentos de Ampuero con la calma que merece un viaje de 11 horas en avión. No me extraña que la maleta tuviese sobrepeso.  Los cuentos de Fernando Ampuero pesan como esos buenos peces que sólo se pescan de vez en cuando. Y una vez que lo sacas de la sartén y les hincas el diente,  no dejarás de comer hasta dejar las raspas limpias. Rodrigo Díaz de la librería-editorial Albatros ha recopilado algunos de los mejores cuentos de Fernando Ampuero y, además, la edición está muy cuidada.
 

Pero quizás la actividad menos conocida de Albatros, aparte de la de traficante de autores, sea la de organizar talleres literarios a lo largo de todo el año.  El sábado 21 fui invitado a presentar mi novela “Do not cross the line”, en esa genial librería ginebrina. Aquella mañana, mi socio en el Centro de Formación de Novelistas, Jorge E. Benavides, impartía un taller de relato de cuatro horas de duración. Me sorprendió la cantidad de talleristas matriculados. No cabe duda de que el interés por la narrativa iberoamericana está en auge en el país helvético. Dos horas después de terminado el taller, a Jorge, le tocaba presentar junto con mi editor José Luis Torres Vitolas. La pequeña sala volvía a estar completa. Al terminar, la gente seguía interesada en preguntar por el proceso de creación, por la construcción de los personajes,  o por cómo se llevaba a cabo la corrección final de la edición. Salem estaba en lo cierto: “Rodrigo Díaz trafica con autores”. Y la librería Albatros es un correccional literario.
 

Quiero agradecer su amabilidad y cortesía durante mi visita a Ginebra a: Hortensia Cid y Mónica, profesorsa en la Escuela Internacional de Ginebra; Raúl y su esposa Alejandra, profesores de español, Rodrigo;  José Luis; Jorge; y a todos los que asistieron ese día.

 

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Sábado 21 de julio 19h00

Presentación del libro: ¿La ciencia, cuestión de hombres? Mujeres entre la discriminación, los estereotipos y el sesgo de género

De: María Pessina Itriago