Torito

Jacques Probst

Ed. Albatros

 




















Prólogo:
Torito, ida y vuelta

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El libro que el lector tiene entre las manos es una traducción del francés de Torito, dos monólogos que el escritor y actor suizo, Jaques Probst, escribiera a partir de un cuento homónimo de Julio Cortázar; este último, inspirado en la vida y milagros de Justo Suárez, boxeador argentino de inicios del siglo XX.
En la noticia que introduce a su monólogo, Jacques Probst nos cuenta la génesis de esta variante francesa del cuento de Julio Cortazar. Un amigo suyo, Raúl Esmerode, percusionista argentino, le entregó el original de Cortazar, proponiéndole montar un espectáculo a partir de dicho texto. La traducción que encargó Probst, según sus mismas palabras, resultaba impracticable en francés. Cuenta entonces que, reteniendo los nombres y los eventos más importantes, decidió desechar la traducción y re-escribir su propio Torito. Diez años después Probst escribe y lleva a escena una segunda parte de Torito, se trata de una réplica, de un diálogo desde el espejo. En esta segunda parte no es Torito quien habla sino Jim Spyke, su contendiente, su doble, su alter-ego escocés. Spike entabla un diálogo delirante con Torito, llevándolo por una especie de ida y vuelta a los infiernos, viaje en el que contendor y contendiente son uno y el mismo. Puesto que el original del que parte Probst es en español, pero además es un obra célebre firmada nada menos que por Cortázar, ¿qué sentido tenía volver a traducir al español el Torito de Probst? Antes que nada, dejemos en claro que si bien Probst parte de Cortázar no se trata del mismo texto. No estamos ante una traducción ni ante una adaptación. Resulta inevitable pensar en Jorge Luis Borges y su cuento
“Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un oscuro escritor decide acometer la re-escritura, no traducción, del Quijote de Cervantes, re-escritura, en el mismo español antiguo que utilizaba Cervantes, pero a partir de sus propias vivencias de escritor moderno. El resultado, según las pruebas aportadas por
Borges, no difiere en una coma del original, aunque, subraya Borges, el de Menard gana en profundidad y originalidad. Lo de Borges es, lo sabemos de sobra, una boutade y ese Menard nunca existió. Probst en cambio no sólo existe, sino que realmente re-escribe “Torito” en francés. No podemos decir que lo haga desde sus propias vivencias, ya que él mismo autor aclara que nunca en su vida se puso un guante de box, pero lo que sí hace es imprimir su propio sello. Le cambia el pulso y la respiración. El “Torito” de Cortázar habla desde su lecho de tuberculoso, el de Probst desde las cuerdas, desde el ring, desde ese altar donde comprendió el sentido de la máxima cristiana que dice: más vale dar que recibir. Por otro lado, a partir de un cuento corto, Probst nos saca de la chistera (¿del guante?) dos monólogos sorpresivos. En ellos, el autor ejercita una ida y vuelta de Torito. Prolonga la breve existencia
del boxeador, en su doble escocés, otro lumpen peleador callejero, que antes de enfrentar a Torito ya se había enfrentado a la Argentina en la guerra de las Malvinas. Idas y vueltas. De Buenos Aires a Glasgow, del infierno a la gloria, de la cima a la lona. Y, ¿por qué no? De Probst a Cortázar, de Jim Spyke a
Torito. A propósito de todo esto, vale la pena y recomiendo a todos echarle un ojo al libro Jacques y su amo, de Milan Kundera. Se trata de algo que Kundera llama “variante” (que no adaptación) teatral, de Jacques el fatalista de Diderot. Es decir que se trata de la obra de Diderot re-escrita por Kundera en un “formato” teatral. Pero no es sólo eso. En la introducción al libro, el autor checo ensaya una interesante y convincente teoría literaria para
justificar el hecho de firmar como suya una obra que fue escrita por Diderot.

2

Un profesor de literatura que hizo su posgrado en Estados Unidos, me contaba allá por los años 90 que en el país del norte había encontrado un curioso caso de traducción. La famosa invectiva “mother fucker” había sido traducida por una banda de chicanos como “madre foca”. Según este profesor, este nuevo insulto se fue difundiendo en esta variante hispánica hasta que otra banda, decidió traducirla (¿o quizás restablecerla a su idioma original?) al inglés y el resultado dio “mother seal”. Cierta o no la anécdota, no se puede negar que este caso de “ida y vuelta” tiene una dimensión poética particular.
La idea de traducir el Torito de Probst fue de Rodrigo Díaz, librero y editor peruano, dueño de la ya emblemática librería Albatros de Ginebra. El ejercicio me interesó de inmediato, y debo confesar que casi arranqué el libro de las manos a José Antonio García Simón, el amigo que había comenzado la traducción del mismo y casi había finalizado la primera parte. Pedí asumir la traducción de este Torito para resolver un enigma que me vino a la cabeza: Traducir al español el Torito de Probst, ¿implicaría el restablecimiento del original de Cortázar? Es decir, me estaba preguntando si el resultado sería un Cortázar cien por ciento, o más bien: mother seal. Cuando por fin caí en cuenta que esa pregunta era en realidad un capricho, me apareció al frente una más complicada ¿A quién tenía que ser fiel el traductor? ¿A Probst o a Cortázar? La pregunta, presentada así, parece igualmente tramposa, caprichosa,
inútil. Puesto que se trata de traducir a Probst, partimos del texto de Probst y la única lealtad debe ser para con él. O debería ser... Probst retoma momentos, diálogos, pasajes del original de Cortázar. En algunos de ellos, la proximidad es demasiado grande. ¿Qué hacer en esos casos? ¿Traducir? ¿Retomar Cortázar? ¿Con quién ser leal?. Y, evidentemente, siendo Cortázar la fuente original de Probst es inevitable no tomarlo en cuenta. Al final, me decidí por obrar como los restauradores de murales antiguos. Es decir, dejando en una esquina, un fragmento sin restaurar, sin tocarlo, con el fin de que se pueda apreciar, de algún modo, la obra desde su origen. Aproveché para ello una canción a la que hace referencia Torito, la canción del chico de los mandados. No pude resistir porque aún leyéndola en francés casi podía escuchar la gramática porteña, el acento argentino: “des nuits plus longues que les espérances des pauvres”. Sólo en ese caso (que no son ni dos líneas) reproduje el texto tal cual lo escribió Cortázar. Por lo demás, he seguido fielmente a Probst y he respetado en lo posible sus versos, su ritmo y sus arritmias. Otra duda que se tuvo que resolver en el camino fue el del acento. El texto de Probst es rico en expresiones (y ni mencionar el fabuloso lunfardo que emplea Cortázar en la obra de partida) y al buscar equivalentes me fui dando cuenta que la diversidad regional de los modismos y expresiones del castellano es enorme y a veces las expresiones pueden oponerse diametralmente en el uso si son empleadas en México o en Bolivia, por dar un ejemplo. He decidido por ello no tender hacia ningún “acento” regional particular. He dejado filtrar algunas expresiones argentinas, como pibe, para guardar algo del contexto del Torito original, pero sin insistir en lo absoluto.
Podría seguir extendiéndome en esta explicación de traducción, puesto que, como todo traidor, el traductor está condenado a justificarse eternamente. Afortunadamente veo que estoy a punto de sobrepasar el espacio acordado para esta introducción y me doy cuenta que no he dicho nada sobre el Torito de los Mataderos que inspiró a Cortázar. Justo Suárez, conocido también como “El Torito de los Mataderos”, tuvo una vida de leyenda. Se alzó desde los barrios más empobrecidos de la Argentina de inicios del siglo XX hasta convertirse en campeón nacional y en la primera estrella del
deporte argentino. Rápidamente Torito conoció el amor de las masas y el respeto de las élites. Todo un logro en aquel entonces. Pero el amor, la fama y el dinero que había conquistado en esa irresistible ascensión hacia la gloria se le fueron yendo de las manos con la misma velocidad con que los había obtenido. Todavía no cumplía los treinta años y luego de perder algunos combates se vio solo, pobre y olvidado. El descenso fue fulminante.
La tuberculosis tampoco le tuvo piedad y le dio la cuenta final un diez de octubre de 1938. Justo Suárez, el Torito de los Mataderos, había nacido el 5 de enero de 1909 en Buenos Aires.

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Última argumentación. Considero que publicar esta traducción el Torito de Probst debería servir para abrirle la puerta, del público hispanófono, a este autor ginebrino que lleva en su haber, escritas, una veintena de obras de teatro y que es poseedor de una prosa intensa, a la vez humana y descarnada. Con este libro, Albatros da un primer paso en esta noble tarea.
Sergio Cáceres

París, septiembre de 2011