Martes, 23 de agosto, 2016  -  00h02

Puentes silenciosos entre culturas

LEONARDO VALENCIA

Una de las virtudes de la lengua francesa, y de sus casas editoriales, sea que estén en París, Besanzón, Arlés, Ginebra o Lausana, es que han sido durante siglos, y no menos ahora, los difusores de culturas y literaturas que no cumplen el peaje comercial de los productos globales.

La diferencia entre el chauvinismo y la conciencia crítica a partir de la difusión de lo propio es tan abismal como la que hay entre un mercantilismo frívolo y derrotado frente a la auténtica creación cultural que exige esfuerzo e imaginación.

Muchas casas editoriales de lengua francesa publicaron incluso en español (en Besanzón estaba la editorial Jacquin en la que el ecuatoriano Juan Montalvo publicó sus Siete tratados y los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes). Gracias a la lengua francesa hoy es posible acceder a obras de autores rusos, polacos, húngaros, checos, por no decir de los autores africanos y árabes o de Oriente. Editoriales históricas como Gallimard o como la suiza L’Age del Homme, fundada en Lausana por Vladimir Dimitrijević, han dado a conocer a autores de circuitos reducidos que siempre reservan sorpresas a los lectores curiosos.

París o Ginebra también han sido lugares de refugio de las figuras más dispares posibles. Me detengo un poco en Ginebra. Nabokov vivió algunos años en Montreux, Thomas Mann en Zúrich (donde está enterrado James Joyce); Dostoievski, Conrad o Robert Musil vivieron en Ginebra, por no dejar de mencionar una vez más a Borges que tanto amó a esta ciudad junto al lago Lemán, o a María Zambrano, que se terminó refugiando en los bosques cercanos al Jura suizo. Y un poco más atrás en el tiempo habría que recordar a Mary Shelley escribiendo Frankenstein entre la Villa Diodati y el balneario de Nernier. Para percibir ese mundo migrante en Ginebra sigue siendo recomendable leer la novela de Conrad, Bajo la mirada de Occidente, que, de paso, servirá al lector para entender parte del furor de los anarquistas rusos a comienzos del siglo XX. Pero quizá lo más enigmático sobre Suiza lo escribió el escritor francés Raymond Abellio en su gran novela La fosa de Babel: “Este centro inmóvil de la agitación occidental es el lugar de su más alta tensión, el mar de los Sargazos hacia la cual Europa deriva todo aquello que no puede soportar, todo lo que aún no puede soportar de sí misma”.

Más allá de estos referentes históricos, quisiera ahora hablar sobre dos grandes difusores de la cultura literaria en Suiza, cada uno en su respectiva dimensión. Uno de ellos es la Fundación Jan Michalski. Inaugurada en 2004 por Vera Michalski-Hoffmann en homenaje a su marido Jan Michalski, editor de origen polaco, esta Fundación es una entidad dirigida al apoyo a la escritura y la literatura. Su sede en Montricher, a las afueras de Lausana, es una construcción monumental que comprende una biblioteca de cinco pisos con 80.000 libros de distintos idiomas y culturas –se puede consultar su catálogo por internet– e incluye una sección de literatura ecuatoriana. Cuenta con una gran sala de exposiciones –ahora mismo se expone la obra pictórica, gráfica y editorial de Antonio Saura– y se estrenarán en los próximos meses las “cabañas suspendidas”, pequeños estudios reservados para residencia de escritores de todo el mundo. Vera Michalski-Hoffmann dirige además el grupo editorial Libella, donde promocionan a autores del Este europeo, y adquirió la famosa Librería Polaca de París. Uno de los propósitos de su marido fue precisamente colaborar con la integración de la literatura polaca en Europa. La Fundación incluso ha auspiciado proyectos como el de la revista literaria digital ecuatoriana Alkmene.

El otro difusor de literaturas extranjeras en Suiza es un librero que vive en Ginebra y que lleva la librería Albatros los últimos veinte años. En su local ubicado cerca de Plain-Palais, Rodrigo Díaz es lo que se podría llamar un librero apasionado. No es tarea fácil en la costosa Ginebra. Para cubrir los gastos de su local ginebrino, Rodrigo trabaja tiempo parcial, durante la noche, en la Ópera de Ginebra. La librería es su pasión. Cuando viaja a su Perú natal, trae en sus maletas las últimas novedades de pequeñas editoriales limeñas, por no mencionar lo que consigue contra viento y marea de otras editoriales de América Latina y de España. Visitar su librería Albatros es ponerse al día en lo que se publica en lengua española. Por si fuera poco, creó hace unos años un sello editorial con más de veinte títulos publicados, por el que ha difundido autores latinoamericanos en ediciones bilingües.

Con dos perfiles completamente diferentes, sea como una entidad con grandes recursos, como la Fundación Jan Michalski, o como un librero apasionado por su oficio y a título individual, en el caso de Rodrigo Díaz, ambos son la muestra de verdaderos puentes para culturas de otros países. Y no es cuestión de tener una voluntad nacionalista o paternalista hacia la creación literaria de un país. La diferencia entre el chauvinismo y la conciencia crítica a partir de la difusión de lo propio es tan abismal como la que hay entre un mercantilismo frívolo y derrotado frente a la auténtica creación cultural que exige esfuerzo e imaginación. El objetivo es apoyar con una visión rigurosa y con criterios de calidad a la difusión de obras alternativas frente a un mundo donde prima cada vez más un mercantilismo banal y frívolo que hace un buen tiempo busca copar también los espacios de la literatura y el arte. Estos puentes humanos entre culturas son ejemplos admirables, que merecen reconocimiento, por el esfuerzo diario que ponen en llevar de un sitio a otro libros de distintos países. Por supuesto, luego vendrá la crítica y se discutirán logros o fallos en las obras, pero para llegar a eso hay que cumplir con el esfuerzo de dar a conocer aquello que no cuenta con los mecanismos de apoyo de los grandes grupos mercantiles. La palabra suena grande pero es cierta: estos son los verdaderos héroes silenciosos que se resisten a la derrota de la cultura frente al mercado.(O)