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Un lugar propicio a la felicidad

Ginebra atrajo tanto a Borges que allí vivió sus años finales. En la Fundación Martin Bodmer hay manuscritos del autor argentino y de escritores como Goethe o Rimbaud

Ante la duda, siempre nos quedan Borges y Ginebra. Dedicado a Rodrigo Díaz, y su heroica Albatros Librería. A Jorge Eduardo Benavides, mi iniciador en Ginebra. También a Fernando Marías, huésped de honor en Villa Diodati. Y a Palmira Márquez y a Beatriz Rodríguez Delgado.

Uno de los taxis barco que surcan el lago Leman, en Ginebra. / Gonzalo Azumendi

La ciudad de Ginebra parece un cuaderno escrito por Jorge Luis Borges. Te asomas a la ventana del hotel Bel Esperance y contemplas los tejados del colegio donde estudió el maestro. Delante hay un árbol donde cantan varias especies de pájaros y enumeras los idiomas que aprendía aquel adolescente cuya familia, hace cien años, se había refugiado de la guerra: francés, latín, alemán. Lo imaginas ya anciano cuando regresó a Ginebra, dirigiéndose de nuevo hacia la puerta donde hoy estudian otros muchachos. Y nos detenemos ante el escudo de 1558 que sella la entrada de la escuela Jean Calvin: “Post tenebras lux”. Pero todavía no sabemos cuánta luz nos va a regalar este viaje.

Una librería de libros antiguos en el centro de Ginebra. / Gonzalo Azumendi

Caminamos por el centro de la ciudad en un laberinto de calles pulcras y poderosas. Dejamos a un lado la catedral donde predicó Calvino y desde cuya torre se domina el corazón de la ciudad, que se derrama hacia el lago Leman, gigante azul rodeado de montañas tras las que despuntan los Alpes. En la Gran Rue del casco viejo, esquina con la Rue Du Sautier, nos topamos con la casa donde vivió Borges en sus últimos años. Una placa nos avisa en francés: “De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad”. El original pertenece a Atlas, escrito por Borges dos años antes de morir, un texto que termina con las siguientes palabras: “Sé que volveré siempre a Ginebra, quizás después de la muerte del cuerpo”. Lo había entendido bien su compañera de entonces, María Kodama, y estamos comenzando a entenderlo también nosotros. Por lo que seguimos nuestro camino hacia el cementerio de los Reyes, pasando por el parque des Bastions, entre fichas de ajedrez de tamaño humano que mueven los ginebrinos sobre un tablero trazado entre la hierba, como si pasear formara parte del inextricable juego de vivir. La literatura de Borges parece impregnar todo el barrio y, para darnos la razón, en una de las calles aledañas nos recibe Rodrigo Díaz en su librería Albatros, dedicada heroicamente a literatura española e hispanoamericana, en cuyas estanterías hojeo uno de mis libros favoritos de Borges, El otro, el mismo. La tumba de su autor está al fondo del cementerio, tras árboles frondosos y otros monolitos entre los que prefiero el erigido para Robert Musil. En la lápida de Borges, María Kodama responde al cortejo que el escritor le dedicó en uno de sus relatos más bellos, Ulrica: “De Ulrica a Javier Otárola”. De Ulrica sale también una de las inscripciones en gaélico: “Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Siete guerreros custodian el amor imposible de la muerte con otro verso en inglés antiguo: “Y que no temieran”. Inspirados por el íntimo jardín, caminamos hasta la ribera donde juntan sus aguas el Ródano y el Arve. Miramos el magnético encuentro recordando a Manrique y las palabras que Borges escribió sobre este lugar, La Jonction: “Todo lo que atañe al agua es poético y nunca deja de inquietarnos”. Pero también puede ser una fiesta de confianza. Nos acercamos para comprobarlo al Jet d’Eau, cuyo chorro se proyecta desde el puerto a 140 metros de altura, dibujando fabulosas formas que se arrojan de cabeza hacia el lago como juguetonas y líquidas criaturas.

Exterior de la fundación Martin Bodmer, en Ginebra. / www.agencies.ch/Fondation Martin Bodmer

Milanos y cuervos

Rodeando el lago, seguimos nuestra ruta hacia la colina de Coligny, donde se levanta una mítica mansión: Villa Diodati, alquilada por Lord Byron en el extraño verano de 1816 para su solaz y el de sus amigos, en el que, bajo continuas tormentas, se concibieron El vampiro, de William Polidori, y Frankenstein, de Mary Shelley. Precisamente antes del verano la ciudad ha inaugurado una estatua del Monstruo en la misma plaza (de Plainpalais) donde, según la novela, cometió el primero de sus crímenes. Milanos y cuervos sobrevuelan los jardines de adelfas de Villa Diodati, habitando los siglos e indicándonos el camino de uno de los mejores museos del mundo, la Fundación Martin Bodmer.

Javier Belloso

Bajo sus jardines que miran al lago se conserva una prodigiosa historia de la lectura. Papiros egipcios del Libro de los Muertos y el primer libro salido de una imprenta: la Biblia de Gutenberg; copias a mano de la Divina comedia contemporáneas a Dante, la Oratoria de Cicerón anotada por Petrarca, las primeras ediciones de Macbeth, El Quijote, La vida es sueño, Fausto, Los cuentos de Ise, Las flores del mal, Moby Dick o Santuario, y, por supuesto, El Aleph y Ficciones. Aquí la literatura universal permanece viva y esenciada en maravillosos fragmentos de papel, donde los maestros perdidos siguen presentes en su caligrafía: versos autógrafos de Goethe, Rimbaud, Verlaine, una hojita donde Keats escribió su Oda a la melancolía, los cantos de Novalis en su letra genial y gótica, una carta de Nietzsche donde firma “El Anticristo”. Por fin, para cerrar el círculo, nos encontramos, inesperada, la letra diminuta de Borges. Es el cuaderno que el maestro quiso estrenar con un ensayo dedicado al Ulises de Joyce, cuya primera edición, encuadernada en imponente cuero azul, duerme cercana. En la solapa del cuaderno de Borges está impreso el que fue uno de sus poemas favoritos: If, de Kipling. Leemos: “Si puedes emplear el inexorable minuto / recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos / tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella”. Y sabemos que permanecemos en ese minuto, disfrutando justo de ese privilegio, en un lugar donde se narra y se canta el mejor legado del ser humano.

» Ernesto Pérez Zúñiga es autor de la novela La fuga del maestro Tartini (Alianza).

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