Librería Albatros
(Ha pasado un ángel)

Para y por Alejandra Toro


Por la noche sueño con ángeles que me susurran al oído. Me despierto y ya no puedo recordar lo que me han dicho. Sólo recuerdo unas imágenes, señales de tráfico vacías, triángulos rojos sin contenido. Son como esas señales que advierten al conductor en la carretera sobre el peligro de un animal. Esos triángulos despertaron siempre mi imaginación, mis expectativas de encontrar un ciervo. Un toro.

Llegará la noche esta noche y soñaré con ángeles y querré otra vez mañana recordar lo que me han dicho. Pero al despertar sólo rescato esos triángulos en la cabeza, y en la cama pienso cuánto me gustaba quedarme dormida en el asiento de atrás del coche, con la ilusión de que, quizá, mi padre me despertara gritando: “Mira, mira, ¡un zorro!”.

Pero cada vez que despertaba era, ya, demasiado tarde. No importa que abriera los ojos hacia la carretera cuando mi padre no había aún terminado su frase. Era –siempre– demasiado tarde. El animal acababa – siempre– de pasar. Con los años supe que nunca despertaba a tiempo porque nada pasaba nunca. Nada. Parecido al silencio que se abre en un grupo de personas que se han callado repentinamente. “Ha pasado un ángel”, dicen. Y para conformarme, eso solía pensar, que cuando no pasaba nada, pasaba un ángel.

Pero no era suficiente. Quería ver animales. Únicamente la voz de mi padre mantenía viva la esperanza, y es que hacía años que, de aquellas vidas, sólo quedaban sus siluetas negras dentro del triángulo rojo. Por eso, cuando crecí y conocí a Alejandra y me propuso recorrer aquellas montañas no por tierra, sino por aire, me pareció que me haría bien cambiar de elemento, dejar abajo aquellas señales, reliquias de vida que ya no tenían ningún sentido, mas que el de la perversidad, pues encerraban en sus dibujos un peligro mucho mayor que un ciervo o un oso que se cruza: su ausencia.

Ir atropellando ausencias con el coche me parecía el acto más cruel. Ese lagarto invisible bajo la rueda que deja un charco de sangre en el asfalto. A veces el coche perdía aceite y con un dedo lo tocaba, negro, espeso. Qué sucia es la sangre de los animales invisibles.

Veía a Alejandra tan bonita en su parapente, unida por un arnés a un hombre que tenía un rasgo similar a aquel al que yo iba unida: esa mirada no al infinito, sino al vacío. Una mirada que en el aire, aunque me mirara a los ojos, me atravesaba como si yo fuera una región transparente más. Aquel fue mi primer salto. Claude, se llamaba mi hombre pájaro.

No hubo preparación. Después de que el que sería mi otra mitad en el vuelo me aseguró a su cuerpo, todo ocurrió muy rápido, y sólo escuché que me decía “ahora corre. Corre, corre”, y yo corrí pendiente abajo confiando en mi mitad desconocida, hasta que mis pies dejaron el suelo, y qué poco cuesta abandonar la gravedad. La gravedad de todo. De la tierra, de las voces, del miedo. Vi los árboles desde arriba. Livianos. Verdes, altos. Y luego el pico de la montaña desde donde habíamos saltado. Y después el pico de dos montañas.

Mi mitad me preguntó cómo estaba, pero no pude responder, porque sentí que me hablaba en un idioma libre y tenía yo que encontrar la manera de hablar en el aire, de comunicarme con él más allá de la farsa del lenguaje, que ningún cielo entiende. E imaginé una señal roja y triangular con un diccionario dentro. El peligro de la palabra que ya no dice nada.

Con movimientos de cabeza le indicaba que estaba bien, y quizá también con la mirada, que volvía hacia él en señal de gratitud. Él me explicaba en esa nueva lengua que en el aire la ausencia absoluta tiene significado. Lo que yo imaginaba, pensé: cuando no pasa nada, pasa un ángel. La ausencia. La ausencia en el aire tiene significado, insistía él. Hay agujeros azules que hay que evitar a toda costa, para no caer. Cierto que la ley de la gravedad siempre prevalecerá, pero hay que posponer su llamada. Entendí todo sin que me hablara, y entendí por qué no recordaba lo que me decían los ángeles que soñaba. No se puede poner en palabras lo que es posterior al diccionario.

De vez en cuando nos cruzábamos con Alejandra unida a su pájaro. Y pensé en el albatros. El albatros, que en mi cabeza era dos cosas. Un ave de gran envergadura y el nombre de la librería que iba a visitar aquella misma tarde. Albatros: sus alas extendidas miden de tres a cuatro metros. Albatros: estanterías, libros. Y volví a pensar en un triángulo rojo. Y dentro, todos los libros escritos. Ahí veía el peligro. Tantos libros y ningún ciervo, ningún lobo, ningún erizo, es muy peligroso. No quería bajar de allí. Dejamos las montañas y volamos sobre el enorme lago, tan grande que también desde la altura es inabarcable como un océano.

Los albatros se alimentan de peces, calamares y krill. Descendimos hasta el nivel del agua, sólo lo justo para tocarla con los pies. Cierto. Esto no es verdad. Lo he inventado. No se puede volar en parapente a nivel del mar. Pero tampoco son ya verdad los camaleones y la gente escribe sobre ellos. Al tocar el agua, con los pies saqué un calamar de agua dulce. No existen los calamares de agua dulce. Ya lo sé. Pero tampoco existen ya los rinocerontes, y uno sigue nombrándolos. Es culpa del diccionario, que nunca está actualizado.

También, los albatros cuentan con un sistema innato de predicción del tiempo. El cielo se nublaba y yo me giré un poco para mirar a Claude. Quería ver si había algo en sus ojos que indicara que estaba leyendo el viento. No noté nada. Pero sí se expandían las aletas de la nariz y torcía levemente la cabeza como cuando un perro oye un aullido. Acostumbrada a leer con los ojos había buscado en los ojos de Claude, y me había equivocado, porque es el uso lo que hace al órgano, y él veía más con el olfato que con la vista.

Vi bajar a Alejandra. Tocar el suelo como yo había fantaseado que podría tocar el agua. Luego aterrizamos nosotros. De nuevo la gravedad. Qué pesada. La gravedad de las ruedas que nos sujetaban a la carretera en el camión que nos llevaba a la librería. Otra vez el coche atropellando ausencias. Otra vez yo misma fantaseando con vidas extintas. Llegamos a la librería. Albatros. Soy bien recibida. Llegan los amigos de Alejandra. Me presentan a Raúl. A Rodrigo. A Hortensia. A Horacio. Cada uno con un libro en la mano. Como la mayoría, tienen impresas letras negras sobre fondo blanco. Fijo la mirada en una página, y veo que todas las hojas, las cubiertas, comienzan a cubrirse con una especie de musgo, pasto verde minúsculo. Son libros florecidos. Entonces los animales que antes conocía sólo por imágenes, comienzan a entrar en la librería. Huele diferente. Ningún olor que pueda identificar. Debe de venir de ellos. Claro, nunca había pensado en el olor. Mordisquean los libros como si ojearan deshojando las hojas. Lenguas de cabras, picos de tortugas, lenguas de lobos. Rumian para leer la historia de una hierba. Nadie habla. También las personas pastan. El albatros es un pájaro. Pero no sólo. Albatros es el nombre de una librería de libros, dueño, lectores que bombean el latido de lo que encierra una señal de peligro. Rompen el triángulo y se enfrentan, arriesgan, cuidan su contenido. Deshacen el papel en la boca. Yo también mastico una hoja. Ahora recuerdo lo que me susurraban los ángeles en su idioma. Es hermoso. Lo recuerdo perfectamente. Pero no conozco las letras para poder repetirlo. Me quedo en silencio. En Albatros, siempre, está pasando un ángel.

Marina Perezagua
31 de julio 2014