crónica de un acto en Ginebra






El tipo me quiere hacer una puntualización, dice, quiere darme su opinión. La presentación ha sido amena. ¿Es una presentación lo que hace el escritor sin libro nuevo cuando viaja y comenta cosas de una novela con años rodeado de gente que le mira y le trata con amabilidad? Amena: llega un punto en que, por poco arte que tengas, dominas los trucos de la actriz, la vehemencia del párroco, los aires de la cantante. Pero no eres nada de eso, y no sabes bien qué eres.
La librería Albatros de Ginebra ocupa un local amplio y claro donde, a primera vista, gustan mucho Vallejo y Bolaño. Provee de libros, no todos ellos literatura, a la comunidad hispanohablante de la ciudad, edita libros e invita a escritores a hablar de sus obras, más o menos uno al mes. Neuman, Iwasaki, Wiener y el propio Bolaño son algunos de los que me nombran. En un par de meses, Luis Magrinyà. El responsable del milagro se llama Rodrigo Díaz, es limeño y para llegar se saca unos cuartos al frente de la puerta de un teatro, sesión de noche. Rodrigo tiene cara de fauno, risa de fauno y una alegría compulsiva, ese tipo de alegría agazapada que salta de golpe y entonces uno tiene que ir persiguiéndola como al sombrero que se ha llevado el viento, siempre un golpe más allá.
Pero la charla -¿es una charla lo que he protagonizado? Y de ser así, ¿qué es una charla?- ha terminado y un tipo quiere contarme su opinión, dice, sobre un punto concreto de mi diatriba.
-No me ha gustado lo que ha dicho sobre la política, esa idea suya de mezclar literatura y política.
El tipo habla muy bajito, tanto que me voy acercando hasta que nuestras caras quedan a un palmo, y así seguimos. Alrededor, los asistentes empiezan a comer las empanadas que ofrece el anfitrión. Y beben vino tinto.
-Mire, yo también soy creador, yo soy músico, y por eso me atrevo a darle mi opinión. ¿No podría olvidar todo eso de la política y crear sólo por crear, buscando la creación misma, una expresión desnuda -¿dice desnuda o dice limpia?- del alma humana?
Aproximadamente 20 minutos antes de esta conversación, otro tipo ha confesado públicamente su pasión por Stieg Larsson, algo poco frecuente entre escritores o lugares en los que participen escritores, sobre todo de novela negra. Ha dicho que lo que le gusta de Larsson es que con la saga Millenium dejó escritas ideas políticas, sociológicas y entiendo que del carácter sueco que de otra manera no se habrían leído. Sin querer resultar antipática, le contesto que cualquiera que escriba una novela con la intención de comunicar una idea anterior da a luz a un panfleto, y hago constar que en absoluto me disgustan los panfletos, pero que son otra cosa.
Por eso me sorprende que el hombre que me susurra me acuse de haber hecho una defensa política de nada. Y se lo digo, con suavidad, porque a esas alturas de la conversación ya podemos agarrarnos y bailar un tango, de puro cerca.
-Pero todo es política, hombre, cualquier elección lo es -añado, por no parecer arisca. Incluso me planteo la posibilidad de remontar el río del individuo social, el pacto social, etcétera, pero temo acabar en un agarrao.


Las personas que nos rodean ya se han soltado a la voz alta y la risa de una noche de sábado.
-Usted se metió con Borges -responde él.
-¿Perdón?
-Usted se metió con que si Borges era de derechas, y Borges era un gran poeta, en absoluto político.
-Me perdonará, pero yo sólo dije que toda dictadura y todo atropello tienen su obispo y su poeta.
¿Qué es exactamente este tipo de asunto que un escritor despacha generalmente invitado por personas de buena voluntad que confían en que el escritor (yo) también la tenga, personas dispuestas a escucharme, interesarse por mis obsesiones, acompañarme hasta el hotel? ¿Qué es exactamente lo que estoy discutiendo en la librería Albatros de Ginebra con un músico cuyo nombre desconozco? ¿Quién me preparará una tortilla francesa esta noche queriéndome extraña impostora?

A la mañana siguiente, suena el teléfono de mi habitación de hotel. Una de las asistentes llamada Hortensia me está esperando amable, pacientemente, para darme un paseo rápido por el centro de Ginebra antes de que, a las 11 de la mañana, tome mi autobús hacia el aeropuerto. De camino hacia el lago, me lleva hasta la puerta de la casa en la que vivió Borges.
Nos paramos delante de la placa que lo atestigua.
Tres grados bajo cero.