POESÍA NO DICE NADA Por: Américo Ferrari
 
Son unas palabras del gran poeta peruano Martín Adán (su nombre de poeta: Martín: el nombre que solíamos dar en el Perú a un mono, y Adán, el primer hombre) o de Rafael  de la Fuente Benavides, su  nombre de familia, quien tuvo siempre como una herida abierta  entre la mente, el corazón y la mano;  herida que  todos  los poetas, creo, más o  menos la tenemos: por esa herida sale, chorrea o se destila la poesía, breve caudal de líneas escritas en verso o prosa (es lo mismo mientras haya ritmo) que llena, o más económicamente a veces, y felizmente,  sólo salpica  el papel blanco de signos negros: esos signos no dicen nada, no valen nada para nadie que no tenga muy anclado el sentido de la música muda que muchas veces no suena sino para el enfermo de poesía que se contagió, y es  muchas veces la propia y simple poesía la que la oye sonar y se la dicta al  desvalido poeta. Recordemos que en la edad media  de nuestra lengua castellana el término para designar una poesía  no era “un poema”, sino un “dictado”; lo dictaba la Musa y al poeta no le quedaba más que acatarlo y transcribirlo: “Poesía no dice nada / Poesía se está callada / Escuchando su propia voz”: al gran poeta peruano, como a todos los otros poetas que  hemos escuchado y de quienes hemos guardado la voz, no  nos queda, a nuestra vez, sino escucharlo e inspirarnos no digamos “en él”  que ya se ha muerto, sino en su poesía que no muere porque, como toda poesía, toda música,   toda palabra que vaya más allá del lenguaje y del diálogo banal, va más allá y es inmortal mientras no se  muera el universo mundo donde nacimos.; y quizá, quién sabe, muy más allá de él….…         Quien esto dice  recuerda que ya en la adolescencia se sentía muy atraído  por la poesía o, digamos por los versos sonoros y rimados de algunos pocos poetas de lengua española que había en su casa (José Santos Chocano, el mexicano Salvador Díaz Mirón,  y los mucho más numerosos libros de poesía en italiano, desde Dante hasta D’Annunzio); es así como hacia los 15 años me hice poeta venal  y empecé a escribir   no digamos poemas, sino unas odas y unos sonetos que sonaban mucho y no decían nada (Oda al almirante Grau, Oda a la primavera, etc.), con los que me ganaba a veces premios en metálico que me pagaban  el lujo de comprarme algún libro de la editorial Sopena, Argentina, y acostarme con las prostitutas del barrio: el barrio era naturalmente La Victoria donde, aparte de, o junto con  las putas, vivía  más de un poeta ya logrado, como Manuel Moreno Jimeno, o en ciernes, como yo mismo…      Después… la militancia política que me llevó dos veces a la cárcel bajo el gobierno del presidente Odría, y  finalmente al destierro por revoltoso; yo quería irme a Buenos Aires pero César Moro que, pese a la diferencia de edad fue para mí un amigo entrañable  insistió tanto para que me fuera a París para que conociera a sus amigos surrealistas, André Breton, Benjamin Péret y otros más,  que por el afecto que le tenía a Moro, y no porque me interesara París para nada, me largué a París y entablé amistad con el gran poeta surrealista que acabo de citar, Benjamín Péret.. Cuando se fue mi buen amigo el dictador  Odría yo volví al Perú pero años después las circunstancias (aquellas cosas tontas que nos circundan ) me devolvieron a París y ahí me quedé vegetando y escribiendo poemas para el cajón : así dice el  Vallejo de los años de París “yo escribo para el cajón y para el cajón y para el cajón” : declaración que siempre me ha impresionado porque en  nuestro castellano del Perú el cajón es sinónimo de ataúd....  Y yo también, junto con  más de un colega escribimos para el cajón… Adónde van a ir los poemas, como nosotros todos, sino al cajón…Mientras tanto he escrito y hasta publicados varios libros de poesía… ¿para el cajón?      Esta es pues mi insignificante bio-bibliografía.      Mil  gracias a mi  buen amigo Rodrigo Díaz por la gentileza de trasmitirla y mil gracias a ustedes por la paciencia de escucharla…     Américo Ferrari

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